Despertó con dolor de cabeza en una cama que no conocía, en una habitación que no conocía. El color blanco inundó sus sentidos.
No recordaba cómo se llamaba, qué edad tenía o de dónde venía. Se pasó la mano por la cara y acarició pensativo una barba de dos días. Miró a su alrededor con esfuerzo. Había un enorme espejo en una pared. El suelo era blanco. Las paredes eran blancas. La puerta era blanca. El pequeño cuarto de baño era blanco. Las sábanas que le cubrían eran blancas. El terror comenzó a apoderarse de él. Se incorporó y se volvió a tumbar; se sentía muy débil. Pensó que podría estar sedado.
Intentó dormir, pero la blanca luz del tubo de neón le molestaba demasiado. Se preguntó qué hora sería. Pasó un par de horas sintiéndose horriblemente mareado, incapaz de poder levantarse. Entonces se abrió la puerta.
Entró un anciano vestido de blanco, con barba blanca y rostro ajado. Le llamó la atención el parche blanco que cubría su ojo. Empujaba un carrito con comida. El anciano le dirigió una sonrisa que parecía ser el paradigma de la emoción.
Las preguntas se atragantaron en su boca.
-¿Qué…? ¿Quién…? – consiguió balbucear. Se seguía sintiendo débil.
-Chssst- dijo el anciano.- Come. Debes estar fuerte, aún queda lo peor.- Después cogió su brazo y le puso una inyección. Él no pudo resistirse.
El anciano salió de la habitación, y él oyó cómo cerraba con llave. De pronto sintió hambre, se incorporó a duras penas y comió hasta saciarse. Entonces la droga volvió a hacer efecto en él, y cayó pesadamente sobre la cama. Esta vez consiguió dormir.
Le despertó el sonido de la puerta. Entraron dos hombres con pasamontañas blancos. Eran corpulentos, y vestían de blanco. Todo pasó muy deprisa. Mientras uno le sujetaba con fuerza, el otro le golpeó brutalmente el tobillo con el codo. Gritó, pero estaba seguro de que nadie le oiría. Los hombres se fueron inmediatamente. Se quedó retorciéndose de dolor en la cama. Podía verse en el enorme espejo, girando en la cama como una oruga. Le dio la impresión de estar mirando a otra persona, a alguien que estaba muy lejos.
Unos minutos después entró el anciano. Sin dirigirle la palabra empezó a examinarle el tobillo. Él juntó todas sus fuerzas e intentó hablar entre sollozos.
-¿Por qué… por qué me están haciendo esto?
-Hmmm, una rotura limpia- dijo el anciano.- Un gran trabajo. Estarás bien en poco tiempo- añadió, sonriendo.- No te preocupes, los calmantes que te he suministrado mitigarán el dolor rápidamente. Ahora, vamos a inmovilizar ese tobillo.
Se encendió la luz. El anciano apareció empujando otra vez el carrito. Él supuso que sería por la mañana, ya que le estaba sirviendo lo que parecía un desayuno completo. Volvía a tener hambre. Notó su rostro áspero, debido a las lágrimas que se habían secado durante la noche. El anciano dejó el carrito y se sentó sobre la cama.
-Cómo te encuentras?- preguntó.
Él no pudo contenerse y lloró desconsolado otra vez. El anciano le miraba con expresión triste.
Finalmente se tranquilizó y consiguió hablar.
-¿Cómo me llamo?- preguntó.
-Eso no importa mucho ahora- repuso el anciano tras suspirar profundamente. Eres lo que eres ahora mismo.
-Por qué me hacen esto?- insistió él
-Bueno, de hecho tú mismo lo firmaste. Ya no hay vuelta atrás.
-Déjeme salir… Por favor…- gimió.
-Cuando se acabe el tiempo. No te preocupes- dijo con un tono de voz conciliador.- Nadie está aquí para siempre. Limítate a aceptar y será menos duro. Créeme, es lo mejor.
El anciano le miró durante unos segundos a la cara, volvió a suspirar y sacó una inyección.
Todavía dormía cuando se encendió la luz y aparecieron de nuevo los dos hombres enmascarados. Sentía que sólo había dormido un par de horas y se sentía especialmente cansado, pero la adrenalina recorrió todo su cuerpo como un chispazo eléctrico. Un hombre le inmovilizó. El otro sacó un termo y le volcó el contenido por encima. Él aulló de dolor, pero sobre todo de sorpresa. El líquido le había quemado, pero no tanto como le había parecido en el momento.
Era café. Café hirviendo.
Los dos hombres salieron. Él se había quedado incorporado, respirando de forma agitada, incapaz de creer a sus sentidos. Sin que le diera tiempo a reaccionar, la blanca puerta se volvió a abrir, y entró el anciano esgrimiendo una sonrisa de oreja a oreja.
-Aquí traigo un pijama limpio. Me parece que esta vez no hacen falta curas, ¿verdad?
El día siguiente no pasó nada. El siguiente los hombres le emborracharon y le arrojaron contra la pared, lo que le provocó una herida en la cabeza que el anciano curó con unos puntos. Al día siguiente, por la noche, le despertaron para darle un martillazo en un dedo. Cuatro días después, y para su completa sorpresa, le hicieron pisar un chicle. Ese mismo día le hicieron un corte en la cara con una cuchilla de afeitar.
Cada día esperaba con más ilusión la visita del anciano, ya que al fin y al cabo era la única persona que parecía ocuparse de él. Además, el anciano parecía mirarle siempre con una mezcla de ternura y comprensión, y de alguna manera no se sentía tan solo en esos momentos.
Un día el anciano le trajo el desayuno, pero no sacó ninguna inyección. Él le miró suspicaz, pero la mirada que le devolvió el anciano estaba cargada de felicidad. Él supo que la tortura estaba llegando a su fin.
-¿Me lo va a explicar por fin? – pidió.
-Te llamas Ángel. Ángel Otero Ruiz- repitió muy despacio. Cada sílaba era como una nota musical llena de luz que alumbraba partes de su mente que estaban en completa oscuridad.- No puedo decirte si tienes familia o no, ya que durante el contrato no nos interesamos por esos detalles.
Ángel movía la cabeza despacio, muy concentrado en recordar. Por fin se dio cuenta de que anhelaba saber más y siguió preguntando.
-¿Qué contrato?
-Un contrato que te obliga a permanecer bajo nuestra custodia durante un período limitado de tiempo, durante el cual tenemos total libertad de efectuar en tu persona todo aquello que nuestros clientes nos pidan- contestó el anciano con la paciencia del profesor que lleva veinte años dando las mismas clases a sus alumnos.- Sonríe, ellos te ven-, dijo, señalando el espejo.
Ángel no sabía que pensar.
-Es decir… que hay gente que paga para que me hagan esto?
-Oh, si- dijo riendo el anciano.- Mucha gente. Y te aseguro que pagan muy bien. Nosotros nos llevamos un pellizco, pero te aseguro que no recordarás con pena este asunto cuando salgas y le eches un vistazo a tu cuenta corriente. Quizás hasta vuelvas un día.
-Pero… cómo… cómo es que hay gente que paga por esto?
-Verás… Estás ante el resultado de años de evolución de la justicia. Imagina que una persona es atropellada y nunca se encuentra al culpable. No es
justo que él haya sufrido esa situación de manera impune, verdad? Ojo por ojo, diente por diente. Justicia cósmica. Así que nosotros nos dedicamos a buscar mártires voluntarios, personas que sufran la justicia cósmica de la humanidad. Si un cliente nuestro se cae por la calle, nos llama y tiramos a uno de nuestros voluntarios. Si le pisan en el autobús, nos llama y nosotros pisamos a uno de nuestros voluntarios. No todos nuestros clientes son iguales; algunos nos llaman sólo cuando se sienten realmente frustrados, o cuando sufren algún accidente muy grave. Son servicios puntuales. Para evitar que nuestros voluntarios se echen atrás nos vemos obligados a borrarles la memoria. Tú puedes considerarte afortunado- dijo con una sonrisa triste.- Otros han salido bastante peor. Y otros nunca salen.
-¿Y usted cómo…?- Y la comprensión le inundó de manera tan súbita que no pudo acabar la frase. El parche en el ojo. Los cuidados.- Usted también estuvo aquí, verdad?
-Hace mucho tiempo… Y en aquél entonces no pagaban tanto dinero. Así que tuve que conseguir un trabajo aquí mismo. Un cirujano de un solo ojo no es muy querido en los organismos oficiales.
Ángel se sentía él mismo otra vez. La verdad sobre su vida, sobre su familia, empezaba a formarse de nuevo en su cabeza. Se alegraba de que toda aquella locura acabara ya. Debía haber estado muy desesperado para aceptar un contrato así, pero ahora todo volvería a la normalidad. La droga le hacía sentirse débil todavía, pero sabía que en un par de días estaría otra vez fuerte como un roble.
Ángel oyó al anciano sollozando. Lo miró con curiosidad durante un par de minutos, y finalmente el anciano habló con voz entrecortada.
-Yo… lo siento… dijo, evitando su mirada.- Por fin he conseguido todo el dinero… Y ahora ya puedo cumplir mi deseo… Me ha llevado años de trabajo aquí… Pero lo único que busco es justicia…
-¿Qué quiere decir?- preguntó Ángel, sintiendo que el pánico nublaba sus sentidos.
-Lo siento, Ángel- dijo, sacando una inyección y un bisturí.- Te prometo que no te dolerá, y que será lo último a lo que tengas que someterte.- Acarició con suavidad el parche de su cara, y una sola lágrima resbaló por su mejilla.- Ojo por ojo.
FIN